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Dos 31 de octubre: Quince años los separan. Una misma noche los une.
29 de octubre de 2026
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El 31 de octubre de 2010, mi hijo Luis Andrés salió a celebrar, como tantos muchachos, y no volvió a casa. El 31 de octubre de 2025, quince años después, Jaime Esteban también salió a celebrar, y tampoco volvió. Nunca se conocieron en vida. Hoy los pongo juntos, abrazados, porque la vida los hermanó de la forma más cruel: la misma fecha, la misma fiesta, la misma violencia sin sentido. Y la misma puerta que ya nadie abre de madrugada.

Yo conozco esa noche. Conozco la espera, el teléfono que suena a deshoras, la palabra que nadie quiere escuchar. Conozco el silencio de la habitación vacía y la ropa que uno no se atreve a guardar. Por eso no puedo mirar a Jaime Esteban como a un desconocido. Lo siento también como un hijo. Su familia aprende hoy lo que yo aprendí hace dieciséis años: que este dolor no se va. Uno solo aprende a cargarlo.

A la familia de Jaime Esteban le llegó la justicia, y doy gracias a Dios por ello. A la mía se le sigue negando. Pero hoy no quiero hablar de jueces. Quiero hablarles a los jóvenes.

El 31 de octubre nació como una fiesta para los niños: disfraces, dulces, risas, manos pequeñas tocando puertas. Con los años la convertimos en otra cosa: noche de excesos, de trago sin medida, de peleas, de armas, de desenfreno. Y en medio de esa noche hay muchachos que salen a divertirse y no regresan. Mientras unos celebran, hay padres que reciben la llamada que les parte la vida en dos.

Muchachos: diviértanse, bailen, rían, disfrácense. La alegría es suya y se la merecen. Pero cuídense. Cuiden al amigo. No dejen que el trago decida por ustedes. Aléjense de la pelea, aunque los llamen cobardes, porque valiente es el que vuelve a casa. El disfraz se quita al amanecer. La muerte no se quita nunca.

Padres: antes de que salgan, abracen a sus hijos y díganles que los quieren. Yo daría lo que me queda de vida por un abrazo más.

Y a quien salga esa noche buscando problemas: detrás de cada muchacho hay una madre, un padre y unos hermanos que nunca más volverán a ser los mismos.

Ya no más tristezas. Ya no más llantos por culpa del desenfreno. Que este 31 de octubre ninguna familia tenga que ponerle una cinta negra a la foto de su hijo.

Luis Andrés, Jaime Esteban: que este abrazo los acompañe donde estén. Aquí abajo seguiremos diciendo sus nombres, para que su partida no sea en vano.

Con el dolor de siempre y la esperanza intacta,
Luis Alonso Colmenares Rodríguez
Padre de Luis Andrés


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