No voy a mentir: este no era el resultado que esperaba. El domingo pasado voté convencido por Iván Cepeda, creyendo que su visión de país era la que mejor respondía a los desafíos que enfrentamos como sociedad. Sin embargo, la democracia habló con claridad, y el presidente de Colombia es Abelardo De La Espriella.
Aceptar esto no es una señal de debilidad, sino de madurez democrática. Porque en democracia no solo se defienden las ideas en las urnas, sino que también se respeta el veredicto colectivo cuando este no es favorable. Ese es, al final, el verdadero compromiso con el país.
Hay que pasar la página y seguir pa’lante.
No se trata de renunciar a las convicciones ni de olvidar las diferencias. Se trata de entender que, desde el momento en que termina la contienda electoral, el país necesita algo distinto: menos trincheras y más puentes. Menos consignas y más soluciones.
Abelardo De La Espriella llegó con el respaldo de una parte importante del electorado, y desde ya le corresponde algo mucho más grande: gobernar para todos. Porque una cosa es el candidato de un partido o de un movimiento político, y otra muy distinta es convertirse en el presidente de toda una nación diversa, compleja y muchas veces dividida.
Ahí está el verdadero reto.
Desde mi lugar, el de quien no votó por De La Espriella, solo puedo expresar un deseo sincero: que le vaya bien. Que tenga un buen gobierno. Que escuche. Que entienda que Colombia no cabe en una sola visión y que los problemas no distinguen ideologías ni colores políticos. Que dedique cada uno de sus días, durante los próximos cuatro años, a resolver lo que de verdad le duele a la gente: la inseguridad, la desigualdad, la falta de oportunidades, el cansancio de tantos años de promesas incumplidas.
Porque si al presidente le va bien, le va bien al país. Y eso está por encima de cualquier preferencia individual. Pero también nos corresponde a nosotros, los ciudadanos, dar un paso hacia la reconciliación. No seguir alimentando la polarización como si fuera un deporte nacional. No reducir al otro a un enemigo por pensar distinto. No quedarnos atrapados en la lógica de “los míos” contra “los otros”.
Colombia merece algo mejor que eso.
Tal vez este sea el momento de hacer un ejercicio colectivo de humildad. De reconocer que nadie tiene la verdad absoluta. De aceptar que el futuro del país no se construye desde una sola orilla, sino desde la capacidad de encontrarnos en medio de las diferencias.
Pasar la página no significa olvidar. Significa aprender. Y, sobre todo, significa avanzar. Hoy más que nunca, necesitamos un país que mire hacia adelante con esperanza, pero también con responsabilidad. Que exija, que vigile, que participe. Y que también construya, que dialogue y que crea.
Así que sí: no fue mi candidato el que ganó. Pero sigue siendo mi país. Y por ese país, por encima de cualquier resultado electoral, vale la pena seguir pa’lante.
Y en medio de todo este proceso, hay un elemento que no puedo pasar por alto: esta campaña también abrió un espacio para el encuentro con Dios. Quiero creer que, en la intensidad de los días vividos, en las tensiones propias de una contienda y en la responsabilidad que ahora recae sobre sus hombros, el presidente haya sentido la necesidad de acercarse a Dios, de reconocerse pequeño frente a lo trascendente y de encontrar en la fe una guía sincera. Ojalá esa semilla, nacida quizás en medio de la incertidumbre, crezca con fuerza en su corazón y lo acompañe en cada decisión. Que los principios de amor, misericordia, humildad y servicio que enseñó Jesucristo no sean solo palabras, sino faros vivos que iluminen su camino. Que la fe católica, con su llamado permanente a la compasión, justicia y cuidado del prójimo, sea una fuente de sabiduría y templanza para gobernar. Y que, en cada acto de gobierno, se sienta la presencia de un Dios que bendice a quienes obran con rectitud, pensando primero en los más necesitados.
Y como dijo el filósofo de La Junta: «Se las dejo ahí…” @LColmenaresR

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